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Un mensaje del obispo

Como iglesia respaldamos a nuestros hermanos y hermanas migrantes (Mayo 2017)

 
Mis queridos amigos,
 
Aproximadamente uno de cada tres católicos en nuestra diócesis es de origen latino o hispano. Esto significa que muchas de nuestras parroquias y comunidades están directamente afectadas por las recientes órdenes ejecutivas de inmigración. Los párrocos me cuentan historias de nuestras parroquias donde la gente vive constantemente con miedo, sin saber si regresarán a casa cada noche, o de niños llenos de ansiedad porque no
saben si sus padres están aquí y ahora y más tarde ya no.
 
Cristo nos muestra con su vida y sus enseñanzas que necesitamos acoger al extranjero y tratarlo con respeto. Los evangelios revelan como Jesús respondió a
esta llamada. Se nos recuerda del encuentro entre Jesús y la mujer samaritana en el pozo; la curación del criado del centurión romano; y la historia del buen samaritano. Estas historias del Evangelio subrayan la importancia de acercarse y aceptar a aquellos que no se ven, visten o actúan igual que nosotros.
 
En base a lo anterior les ofrezco la siguiente carta pastoral a todos los católicos de la Diócesis de Grand Rapids, pero de manera especial a nuestros hermanos y hermanas inmigrantes.
 
El modo con que tratamos al menor de nuestros hermanos y hermanas es la medida de nuestra autenticidad como cristianos católicos. Desde el principio hasta el final, las sagradas Escrituras abundan en decretos para ayudar a los pobres, las viudas, los huérfanos, forasteros y extranjeros: “No oprimirán ni maltratarán al extranjero, porque ustedes fueron extranjeros en Egipto” (Ex 22:20). “Si un extranjero se instala en la tierra de ustedes, no lo molestarán; será para ustedes como un nativo más y lo amarán como a sí mismos, pues también ustedes fueron extranjeros en Egipto. Yo soy el Señor su Dios” (Lv 19: 34) “Amen ustedes también al extranjero, ya que extranjeros fueron ustedes en el país de Egipto” (Dt 10:
19). “Era un extraño, y me hospedaron” (Mt 25: 35)
 
Los tiempos han cambiado desde que estas palabras se dijeron y escribieron. No había fronteras nacionales fijas en los tiempos bíblicos, ni pasaportes ni visas, ni puntos de control, ni oficiales de inmigración. Lo que no ha cambiado es la difícil situación de mucha gente cuya desesperación los lleva a arriesgarse en un viaje peligroso hacia un nuevo país huyendo de la guerra, la violencia, la delincuencia o en busca de trabajo porque no pueden alimentar a sus familias en su país de origen. Estados Unidos se ha convertido en un destino de refugio y esperanza para millones de inmigrantes, muchos de ellos están actualmente en este país sin documentación legal. Nuestra respuesta hacia la población inmigrante debe tener en cuenta el derecho de las personas de vivir en paz y compartir los bienes de la tierra que le pertenecen a todo el pueblo de Dios.
 
Nuestra actitud debe también reconocer la gran contribución que los inmigrantes, documentados e indocumentados, hacen a este país. La mano de obra inmigrante es esencial para el bienestar de la
economía. Los inmigrantes pagan impuestos; los inmigrantes abren negocios; los inmigrantes compran
bienes; los inmigrantes hacen nuestras ciudades más seguras; los inmigrantes son nuestros vecinos, amigos y miembros de familia.
 
Debido a estos importantes aportes, la respuesta de nuestra nación a los inmigrantes indocumentados
no puede ser simplemente la deportación. Las deportaciones crean muchos más problemas de los que
solucionan. La Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos ha solicitado durante mucho tiempo una reforma justa y equitativa para las leyes de inmigración que, entre otras cosas, permitirá a los inmigrantes que viven sin autorización en el país, un camino para poder vivir y trabajar legalmente en
Estados Unidos.
 
La Iglesia Católica en los Estados Unidos seguirá abogando en favor de la población inmigrante de
nuestro país. De esta manera estamos siendo fieles al mandato bíblico de incluir a todos en el amor, la
misericordia, la compasión y la justicia de Dios. 
 
Sinceramente suyo en el Señor,
Reverendísimo David J. Walkowiak