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Un mensaje del obispo

Al cerrarse la puerta santa, dejemos abiertos nuestros corazones (Noviembre 2016)
 
Mis queridos amigos,
 
El 20 de Noviembre, de este mes concluiremos el Año Jubilar de la Misericordia, me gustaría reflexionar sobre el significado del Año Extraordinario y sobre el sentido de renovación que ha traído a nuestra Iglesia y a nosotros.
 
El Papa Francisco hizo el llamado a este Jubileo Extraordinario el Domingo de la Misericordia del 2015:
“Aquí está entonces, la razón para el Jubileo: porque este es el tiempo de la misericordia. Es un tiempo favorable para sanar las heridas, un tiempo para no cansarnos de encontrar a cuantos están esperando ver y tocar con sus manos los signos de la proximidad de Dios, un tiempo para ofrecerle a cada uno, a todos, el camino del perdón y la reconciliación…”
 
Diariamente nos bombardean historias e imágenes de violencia, terrorismo y luchas civiles dentro del país y en todo el mundo. El Papa Francisco nos anima durante este Año de la Misericordia a “ser misericordiosos como el Padre". La paz en el mundo debe comenzar con la paz en nuestras familias, hogares y comunidades antes de poder sanar las heridas del mundo.
 
En nuestra cultura de tecnología, materialismo y auto-promoción, el Papa Francisco nos recuerda el
llamado de nuestro Padre celestial a tomar tiempo para los demás y a mostrarles misericordia tal como el
Padre nos la ha expresado a nosotros. El mismo Papa ha respondido a ese llamado y nos ejemplifica a través de sus acciones cómo vivir una vida de misericordia. Él vive en un apartamento sencillo, rescata a los refugiados y lucha por la seguridad de ellos, alimenta a los pobres y visita a los presos. Él aborda este llamado a la misericordia en su Bula Papal anunciando el Jubileo: “En este Año Santo, podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales que con frecuencia el mundo moderno crea dramáticamente. ¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy. Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque
su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos…! Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo de despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza… Redescubramos las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber
al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos. (Misericordiae Vultus, 15)
 
Además de ser un ejemplo vivo, el Papa Francisco elevó a una verdadera sierva de la misericordia con la canonización de Santa Teresa de Calcuta, el 4 de Septiembre. Santa Teresa es un icono del siglo XX. Muchas personas de todos los credos, jóvenes y ancianos, están familiarizados con el trabajo y la vida
de Santa Teresa. Ella nos ha mostrado cómo una persona puede hacer la diferencia en el mundo a través de pequeños actos de servicio hechos con gran amor y generosidad. Con su canonización, la Iglesia nos dice que Santa Teresa vivió una vida digna de ser imitada. No fue por casualidad que el Papa Francisco decidió canonizarla dentro de este Año de la Misericordia.
 
Pero la pregunta sigue siendo: ¿En general, en qué punto estamos en el trabajo de “ser misericordiosos como el padre” durante este Año de la Misericordia? Nosotros hemos dado algunos pequeños pasos durante este Año Jubilar. Las oficinas, parroquias y escuelas diocesanas han escuchado el llamado del Papa Francisco a perdonar y “abrir los corazones a cuantos viven en las más contradictorias periferias
existenciales”. Hemos participado en eventos tales como “La Luz está Encendida por Ti” que proveyó
abundantes oportunidades para el sacramento de la reconciliación en casi todas las parroquias, un martes por la noche, durante la Cuaresma. Nuestros párrocos actuaron como el Padre misericordioso de la Parábola del Hijo Pródigo, dando la bienvenida a aquellos que regresaron y mostrándonos que la
misericordia de Dios puede superarlo todo. Todos tuvieron la oportunidad de hacer una peregrinación a la Puerta Santa en la Catedral de San Andrés, lo que significó una ocasión para recibir la misericordia y sanación de Dios a través de una indulgencia. Los niños de las escuelas y las parroquias recolectaron agua embotellada para los residentes de Flint, ayudaron en comedores de beneficencia y colaboraron como
voluntarios con otras organizaciones comunitarias.
 
Estas acciones nos han ayudado a ver el rostro de Cristo en nuestros hermanos y hermanas. La misericordia es una piedra angular de nuestra fe, que nos llama a sentir compasión por las necesidades de los demás y a hacer lo posible por aliviar su dolor y sufrimiento.
 
Que las acciones que hemos tomado durante este Año de la Misericordia y las lecciones que hemos aprendido permanezcan vivas una vez cerrada la Puerta Santa y concluido el Año de la Misericordia. ¡Espero que durante este Año de la Misericordia la Puerta Santa de tu corazón se haya abierto y hayas
podido recibir la Divina Misericordia de Dios y, a su vez, extenderla a otros! 
 
Sinceramente suyo en el Señor,
Reverendísimo David J. Walkowiak